Paco Ibáñez canta a los poetas andaluces

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Paco Ibáñez
canta a los poetas andaluces

disco Paco Ibáñez canta a los poetas andaluces

 

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Déjame en paz, amor tirano

Ciego que apuntas y atinas,
caduco Dios y rapaz.
Vendado que me has vendido
y niño mayor de edad.
Por el alma de tu madre,
que murió siendo inmortal,
de envidia de mi señora,
que no me persigas más,
déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.

Amadores desdichados
que seguís milicia tal,
decidme qué buena guía
podéis de un ciego sacar,
de un pájaro qué firmeza,
qué esperanza de un rapaz,
qué galardón de un desnudo,
de un tirano, qué piedad?
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.

Diez años desperdicié,
los mejores de mi edad,
a ser labrador de amor
a costa de mi caudal.
Como aré y sembré cogí,
aré un alterado mar,
sembré una estéril arena,
cogí vergüenza y afán.
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.

Amadores desdichados
que seguís milicia tal,
decidme qué buena guía
podéis de un ciego sacar,
de un pájaro qué firmeza,
qué esperanza de un rapaz,
qué galardón de un desnudo,
de un tirano, qué piedad?
Déjame en paz, Amor tirano,
déjame en paz.

La más bella niña

La más bella niña
de nuestro lugar,
hoy viuda y sola
y ayer por casar,
viendo que sus ojos
a la guerra van,
a su madre dice,
que escuche su mal:
Dejadme llorar
orillas del mar.
Pues me diste, madre,
en tan tierna edad
tan corto el placer,
tan largo el pesar,
y me cautivaste
de quien hoy se va
y lleva las llaves
de mi libertad
Dejadme llorar
orillas del mar.
Dulce madre mía,
¿Quién no llorará,
aunque tenga el pecho
como un pedernal,
y no dará voces,
viendo marchitar
los más verdes años
de mi mocedad?
Dejadme llorar
orillas del mar.
En llorar conviertan
mis ojos, de hoy más,
el sabroso oficio
del dulce mirar,
pues no se pueden
mejor ocupar,
yéndose a la guerra
quien era mi paz.
Dejadme llorar
orillas del mar.

Y, ríase la gente

Traten unos del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno,
y las mañanas del invierno
naranjada y aguardiente,
y rijijijí y rijijijá
y ríase la gente
Coma en dorada vajilla
el Príncipe mil cuidados,
como píldoras dorados;
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y rijijí y rijijijá
y ríase la gente.
Cuando cubra las montañas
de blanca nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas
del Rey que rabió me cuente,
y rijijijí y rijijijá
y ríase la gente.
Busque muy en hora buena
el mercader nuevos soles;
yo conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a Filomena
sobre el chopo de la fuente,
y rijijijí y rijijijáy ríase la gente.

Que se nos va la Pascua, mozas

Mozuelas las de mi barrio,
loquillas y confiadas,
mira no os engañe el tiempo
la edad y la confianza.
No os dejéis lisonjear
de la juventud lozana,
porque de caducas flores
teje el tiempo sus guirnaldas,
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Yo sé de una buena vieja
que fue un tiempo rubia y zarca,
y que al presente le cuesta
harto caro ver su cara;
porque su bruñida frente
y sus mejillas se hallan
más que roquete de obispo
encogidas y arrugadas,
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Y sé de otra buena vieja,
que un diente que le quedaba
se lo dejó este otro día
sepultado en unas matas;
y con lágrimas le dice:
"Diente mío de mi alma,
yo sé cuánto fuisteis perla,
aunque ahora no sois nada".
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Por eso, mozuelas locas,
antes que la edad avara
el rubio cabello de oro
convierta en luciente plata,
quered cuando sois queridas,
amad cuando sois amadas;
mirad, bobas, que detrás
se pinta la ocasión calva,
Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!

¿Quién quiere un juguete?

No lo vendo por travieso
ni porque a nadie ofende
es alegre y juguetón
y por las niñas se pierde
niñas, guardaos de enojarle
que mira que si arremete
os podéis ver un día
jugando con el juguete.

Que ni hiere, ni mata,
ni pica, ni muerde.

Es alegre a todas horas
y amanece o no amanece
hay vecina que daría
cuanto tiene por tenerle.
Porque le conoce ya
y porque son más de siete
las noches que por pecar
ha desafiado a la muerte.

Que ni hiere, ni mata,
ni pica, ni muerde.

Es su condición tan noble
que cuanto más furia tiene
las niñas juegan con él
al juego del esconderse.
A mí me daba Juanilla
la esposa de Antón Llorente
una hora de descanso
por un palmo del juguete.

Que ni hiere, ni mata,
ni pica, ni muerde.

Bien puede ser, no puede ser

Que pida un galán Minguilla
cinco puntos de jervilla,
bien puede ser;
mas que calzando diez Menga,
quiera que al juste le venga,
no puede ser.

Que se case un don Pelote
con una dama sin dote,
bien puede ser;
mas que no dé algunos días
por un pan las damerías,
no puede ser.

Que la viuda en el sermón
dé mil suspiros sin son,
bien puede ser;
más que no los dé a mi cuenta
porque sepan do se sienta,
no puede ser.

Que esté la bella casada,
bien vestida y mal celada,
bien puede ser;
mas que el bueno del marido
no sepa quien dio el vestido,
no puede ser.
Que olvide a la hija el padre
que buscalle quien le cuadre,
bien puede ser;
mas que se pase el invierno
sin que ella le busque yerno
no puede ser.

Que se precie un don Pelón
que se comió un perdigón,
bien puede ser;
mas que la bisnaga honrada
no diga que fue ensalada,
no puede ser.

Que sea el otro letrado
por Salamanca aprobado,
bien puede ser;
mas que traiga buenos guantes
sin que acudan pleiteantes,
no puede ser.

No te pude ver

No te pude ver
cuando eras soltera,
mas de casada
te encontraré.

Te desnudaré
casada y romera,
cuando en la noche
las doce den.

Canción de jinete

En la luna negra
de los bandoleros,
cantan las espuelas.

¡Ay! caballito negro,
¿Dónde llevas tu jinete muerto?

Las duras espuelas
del bandido inmóvil
que perdió las riendas.

¡Ay! caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!

En la luna negra
sangraba el costado
de Sierra Morena.

¡Ay! caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?

En la luna negra,
¡un grito! y el cuerno
largo de la hoguera.

¡Ay! caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!

Córdoba

Jaca negra, luna grande,
aceitunas en mi alforja.
Aunque sepa los caminos
yo nunca llegaré a Córdoba.

Córdoba
lejana y sola.

¡Ay qué camino tan largo!
¡Ay mi jaca valerosa!
¡Ay que la muerte me espera,
antes de llegar a Córdoba!

Córdoba
lejana y sola.

La romería mp3

¡Ay, qué blanca
la triste casada!
¡Ay, cómo se queja entre las ramas!
Amapola y clavel será luego
cuando el macho despliegue su capa.

Si tú vienes a la romería
a pedir que tu vientre se abra,
no te pongas un velo de luto,
sino dulce camisa de Holanda.

¡Ay, cómo relumbra!
¡Ay, cómo relumbraba!

Vete sola detrás de los muros
donde están las higueras cerradas
y soporta mi cuerpo de tierra
hasta el blanco gemido del alba.

Si tú vienes a la romería
a pedir que tu vientre se abra,
no te pongas un velo de luto,
sino dulce camisa de Holanda.

¡Ay, cómo relumbra!
¡Ay, cómo relumbraba!

Pero tú has de venir

¡Ay, qué prado de pena!
¡Ay, qué puerta cerrada a la hermosura!,
que pido un hijo que sufrir, y el aire
me ofrece dalias de dormida luna.

¡Ay, pechos ciegos bajo mi vestido!
¡Ay, palomas sin ojos ni blancura!
¡Ay, qué dolor de sangre prisionera
me está clavando avispas en la nuca!

Pero tú has de venir, amor, mi niño,
porque el agua da sal, la tierra fruta,
y nuestro vientre guarda tiernos hijos
como la nube lleva dulce lluvia.

Romance a la luna, luna

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

- Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

- Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño
tiene los ojos cerrados.

- Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
- Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.

Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.
- Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
- Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.

Yo vuelvo por mis alas mp3

Yo vuelvo por mis alas,
dejadme volver.
Quiero morirme siendo,
siendo amanecer.
Quiero morirme siendo,
siendo ayer.

Yo vuelvo por mis alas,
dejadme tornar.
Quiero morirme siendo,
siendo manantial.
Quiero morirme fuera,
fuera de la mar.

Yo vuelvo por mis alas,
dejadme volver.
Quiero morirme siendo,
siendo amanecer.
Quiero morirme siendo,
siendo ayer.

Mi niña se fue a la mar

Mi niña se fue a la mar,
a contar olas y chinas,
pero se encontró, de pronto,
con el río de Sevilla.

Entre adelfas y campanas
cinco barcos se mecían,
con los remos en el agua
y las velas en la brisa.

¿Quién mira dentro la torre
enjaezada, de Sevilla? ¡Ay!
Cinco voces contestaban
redondas como sortijas.

El cielo monta gallardo
al río, de orilla a orilla.
En el aire sonrosado,
cinco anillos se mecían.

Mi niña se fue a la mar,
a contar olas y chinas,
pero se encontró, de pronto,
con el río de Sevilla.

¿Quién mira dentro la torre
enjaezada, de Sevilla? ¡Ay!
Cinco voces contestaban
redondas como sortijas.

Tus ojos me recuerdan

Tus ojos me recuerdan
las noches de verano,
negra noche sin luna,
orilla al mar salado,
y un chispear de estrellas
de un cielo negro y bajo.
Tus ojos me recuerdan
las noches de verano.
Y tu morena cara,
los trigos requemados
de un suspirar de fuego
de los maduros campos.

Tus ojos me recuerdan
las noches de verano.

De tu morena cara,
de tu soñar gitano,
de tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso.
Me embriagaré una noche
de un cielo negro y bajo,
para cantar contigo,
orilla al mar salado,
una canción que deje
cenizas en los labios...
De tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso.

Tus ojos me recuerdan
las noches de verano.

Era un niño que soñaba

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
el caballito no vio.

Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía...
¡Ahora no te escaparás!

Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!

Se puso el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.

Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?

Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.

Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!

Volverán las oscuras golondrinas

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón los nidos a colgar,
y otra vez con el ala en tus cristales
jugando llamarán;

pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha, mi dicha al contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
esas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aún más hermosas,
sus flores se abrirán;

pero aquellas cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos, mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
esas... ¡no volverán!

Andaluces de Jaén

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma, ¿quién?
¿quién levantó los olivos?
Andaluces de Jaén.

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.
Andaluces de Jaén.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma, ¿de quién?
¿de quién son esos olivos?
Andaluces de Jaén.

Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos.

Jaén, levántate brava,
sobre tus piedras lunares
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.
Andaluces de Jaén.

Balada del que nunca fue a Granada

Qué lejos por mares, campos y montañas
ya otros soles miran mi cabeza cana.
Nunca fui a Granada,
nunca fui a Granada.

Mi cabeza cana, los años perdidos,
quiero hallar los viejos, borrados caminos.
Nunca entré en Granada,
nunca entré en Granada.

Dadle un ramo verde de luz a mi mano,
una rienda corta y un galope largo.
Nunca vi Granada,
nunca vi Granada.

¿Qué gente enemiga puebla sus adarves:
quién los claros ecos libres de sus aires?
Nunca fui a Granada.

Venid, los que nunca fuisteis a Granada;
hay sangre caída, sangre que me llama.
Nunca fui a Granada,
nunca fui a Granada.

Hay sangre caída del mejor hermano;
sangre por los mirtos y aguas de los patios.
Nunca vi Granada,
nunca vi Granada.

Si altas son las torres, el valor es alto;
venid por montañas, por mares y campos.
Entraré en Granada,
entraré en Granada,
entraré en Granada.

Nocturno

Lo que tanto se sufre sin sueño y por la sangre
se escucha que palpita solamente la rabia,
que en los tuétanos tiembla despabilado el odio
y en las médulas arde continua la venganza.

Las palabras entonces no sirven, son palabras.

Manifiestos, escritos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas,
qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!

Las palabras entonces no sirven, son palabras.

Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,
lo desgraciado y muerto que tiene una garganta
cuando desde el abismo de su idioma quisiera
gritar lo que no puede por imposible, y calla.
Las palabras entonces no sirven, son palabras.

Siento esta noche heridas de muerte las palabras.

Muelle del reloj

A través de una niebla caporal de tabaco
miro al río de Francia
moviendo escombros tristes, arrastrando ruinas
por el pesado verde ricino de sus aguas.

Mis ventanas
ya no dan a los álamos y los ríos de España.

Miro una lenta piel de toro desollado,
sola, descuartizada,
sosteniendo cadáveres de voces conocidas,
río abajo, hacia el mar, hacia una mar sin barcas.

Mis ventanas
ya no dan a los álamos y los ríos de España.

Desgraciada viajera fluvial que de mis ojos
desprendidos arrancas
eso que de sus cuencas desciende como río
cuando el llanto se olvida de rodar como lágrimas.

Mis ventanas
ya no dan a los álamos y los ríos de España.

Un español habla de su tierra

Las playas parameras
al rubio sol durmiendo.
Los oteros, las vegas,
en paz, a solas lejos.

Los castillos ermitas,
cortijos y conventos
la vida con la historia
tan dulces al recuerdo.

Ellos, los vencedores.
Canes sempitemos,
de todo me arrancaron
me dejan el destierro.

Contigo sólo estaba,
en ti sola creyendo.
Pensar tu nombre ahora
envenena mi sueño.

Amargos son los días
de la vida viviendo,
sólo una larga espera
a fuerza de recuerdos.

Un día tú ya libre
de la mentira de ellos,
me buscarás entonces;
¿Qué ha de decir un muerto?

Amargos son los días
de la vida viviendo
sólo una larga espera
a fuerza de recuerdos.

El prisionero

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.

El rey Almutamid

Soñaba en su lecho el rey
soñaba de madrugada
que entre las ondas del río
buscaba manzanas blancas.

Noche de miedo en Sevilla
víspera de la batalla.

Y el rey Almutamid
en el sueño contemplaba
la dulce fruta de nieve
que en los espejos temblaba.

Noche de miedo en Sevilla
víspera de la batalla.

En Sevilla, Almutamid
abrió los ojos al alba
cuando el sol enrojecía
en la ventana más alta.

Y ni amanecer halló
ni arrayán bajo la almohada
ni del agua el dulce nido
donde vio manzanas blancas.

Noche de miedo en Sevilla
víspera de la batalla.

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